04 diciembre 2009

Sobre la libertad

Decían que era el fin de las ideologías...y la idea de libertad ideológicamente se descompensó
Hace muchos años acudí a las sedes de distintos partidos políticos a solicitar programas electorales. En la socialista me atendió un joven alto cargo, hoy retirado de la vida pública, al que le dije que mi objetivo era comparar ideologías:
- ¿Ah, pero todavía existen? -me dijo-
Había pasado año y medio desde la caída del Muro de Berlín, y unos meses desde la primera Guerra del Golfo. A la URSS le quedaban dos telediarios, y hubo gente que pensó que la historia se había terminado. Hoy, cerca de veinte años después, en la primera potencia mundial la palabra socialista suena a insulto.

Aunque una sociedad que cree en la igualdad de oportunidades es más libre para que su ciudadanía desarrolle sus capacidades, la idea de libertad se ha descompensado culturalmente en los últimos tiempos. Los promotores del neoliberalismo tejieron un lenguaje de apariencia desideologizada, muy idóneo para la causa de un crecimiento que se fija poco en las cunetas o en la flaqueza de la clase media. Había que ir aprendiendo a emanciparse del papá estado, y hasta al capitalismo se le dejó de llamar por su nombre. En un sistema neocolonial entre países fuertes y empobrecidos, con una colosal especulación financiera, la desregulación económica (quitar reglas a la economía) adquirió categoría de dogma. Al gasto público, si no era para hacer carreteras o infraestructuras, había que meterle la tijera; aquí y también en el Tercer Mundo. Y los mandamases establecieron que la economía funcionaba aunque millones y millones de personas relegadas al olvido no lo notasen. Después, defendieron una inmigración ordenada, en un mundo de capitales desordenados.
Hoy, el dinero público ha salido al rescate de la economía, pero muchos pretenden salir de la crisis abaratando el despido y flexibilizando, aun a sabiendas, precisamente por el mercado, de que lo barato a menudo sale caro.

FALTA VOLUNTAD POLÍTICA CONTRA LA POBREZA
Ni antes ni ahora ha existido determinación por acabar con la pobreza en el mundo. Clamorosa falta de voluntad envuelta bajo una visión pretendidamente realista de la política, más o menos templada de compasión, que otorga carta de naturalidad a la pobreza por un lado, y promociona un alivio en forma de ayuda por el otro.
"Cuando hay voluntad política, se movilizan todos los recursos necesarios y se mueven todos los resortes del sistema para hacer frente a una crisis", recuerda Teresa González, presidenta de Médicos del Mundo, comparando en la revista Triodos del pasado invierno las medidas tomadas para el rescate financiero con las necesarias para alcanzar los Objetivos del Milenio: "con cuatro veces menos dinero, reduciríamos la pobreza y el hambre a la mitad". En definitiva, lo acordado por 189 países para 2015, que ni obliga ni sanciona.

OBJETIVOS DEL MILENIO: LA FALTA DE ESPERANZA GENERA DESMOVILIZACIÓN
¿Sacaremos alguna de estas lecciones de la crisis o nos limitaremos a resignarnos con su supuesto carácter cíclico? ¿Qué debería entonces cambiar? ¿Cómo extender la toma de conciencia? Para Iñaki Gabilondo (Cuatro, 25-5-09), la sociedad se mueve más por temor que por esperanza. En los ODM ciertamente ni se cree ni se deja de creer, y no se teme lo que se cree que no afecta o se desconoce. Y además, las cosas que pintan a futuro, ya las veremos cuando lleguen, si llegamos. Así en el presente continuo de la desigualdad vamos sobreviviendo los que podemos vivir.

Saber más:
Dos fragmentos del editorial del boletín de la Plataforma 2015 y Más del mes de marzo de 2009:

"Los llamamientos a recuperar la confianza a prestatarios y a consumidores indican que el único plan existente es volver a lo mismo".

"El problema no es que la crisis vaya a dificultar que se tome en serio la lucha contra la pobreza internacional, ya sabemos que en los últimos años de la fase expansiva del ciclo económico (2005-2008) la AOD disminuyó a pesar de los compromisos del Milenio o los acuerdos de París. El problema es que la indiferencia por la desigualdad y la insostenibilidad que caracteriza a las élites de la comunidad internacional reducen cualquier expectativa que pudiera depositarse en sus reuniones. Por eso, en estos tiempos de crisis y de cumbres, tal vez debamos mirar menos hacia los despachos donde se reúnen, y buscar en las calles y en las alianzas sociales las alternativas y oportunidades".

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