14 octubre 2014

Lecturas


No sé ustedes, pero al escuchar a un montón de hombres y mujeres que se dedican a la política tengo la impresión de estar ante personas poco leídas, que bastante tienen con el argumentario del día a día como para adentrarse en reflexiones más profundas o personales.

Muchos políticos transmiten entre prisas e inercias, un exceso de complacencia en sus conocimientos, porque su hinchada ya les quiere así, y no tienen tiempo ni curiosidad para más. Viven la política desde la gestión y la administración de cuatro mensajes. Barnizados, pero descascarillados por el paso del tiempo. Con la inquietud justa por aprender tantas cosas que desconocen. Se nota en su comunicación predecible, repetitiva, y sin chicha,  que retrata su grisura. Por más que aparezcan en los medios, despiertan la emoción justa, cuando no el aburrimiento. Es como si esos hombres y mujeres hubieran asumido que la razón de su protagonismo está en su sigla, y seguros de no poder romper ni el techo ni el suelo electoral de su formación, dieran coartada a su indolencia.  Si la política tan solo es obtener votos, ya cumplen, unos más que otros. Pero si engloba las cuestiones troncales para cualquier sociedad, entonces somos los votantes los que deberíamos hacérnoslo mirar.

Una época de cambio constante y de formación permanente debería obligar a los políticos a ser culturalmente más ambiciosos. Que sigan aprendiendo por un principio de honestidad para con los electores.  Para saber más del mundo que pretenden transformar, si de verdad quieren aproximarse a la realidad y orientar adecuadamente los cambios dentro de su proyecto político. Eso vale también para las organizaciones sindicales, empresariales o sociales. Sin embargo, la inercia sigue siendo poderosa. Muchos limitan la comunicación a un instrumento para salir del paso, sonreír mucho y meter el dedo en el ojo del adversario todas las veces que sea posible. La comunicación política se ha vuelto tan técnica y constreñida, que no deja espacio a un pensamiento más elaborado. Ser culto o parecerlo es un riesgo en campaña, y los riesgos se eliminan con una goma de borrar. Comunicación permanente vacío permanente, parece ser el lema de algunos candidatos. No se trata de ser unos pedantes. Ni de salpicar su narrativa de frases de latinismos, ni de citas históricas, como hacía Fraga. No, no se trata de eso, sino de diferenciarse y humanizarse con contenidos relevantes, evitando que a la hora de hablar todos los políticos parezcan iguales. Hay que salir de ese exceso de tacticismo que bien observaba Iñaki Gabilondo. Si tienen miedo a quedar como unos soberbios, por mostrar más cultura, que empiecen por aplicarse en sus salidas de tono o en sus maneras chulescas.

Como escribió en una ocasión Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política, "sin duda es malo para una sociedad quemar libros, pero no es mucho mejor no leer los que están en la calle”. La política es también una actitud. En la medida que un político amplíe sus lecturas, demostrará vocación de servicio, inteligencia y a la vez modestia.  No está mal para comenzar  a formular un nuevo tipo de liderazgo.

La imagen, de Wikimedia


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